Islandia día 3: Vík, Dyrhólaey, Reynisdrangar y Fjaðrárgljúfur

Amanece en Vík, son las 6:30 de la mañana, y a pesar del frío nos levantamos con la moral muy alta, ya que el tiempo que estamos teniendo en nuestro viaje nos permite visitar todo lo esperado sin ningún contratiempo.

Tanto si te alojas en Vík o tu camino te obliga a pasar por el pueblo, no puedes irte sin visitar su iglesia, es por este motivo, que debido a que el día anterior íbamos con el tiempo justo, el primer punto del día era la visita a ésta. Un edificio blanco con el tejado rojo, situado encima de una colina donde podréis observar un paisaje excepcional con arenas de playa negra y rocas suntuosas. Nosotros llegamos tarde y no vimos el amanecer, pero os recomendamos ir o bien al amanecer o al ocaso ya que os dejará una instantantánea inolvidable en vuestras retinas.

Retrocedemos sobre la carretera 1 unos ocho kilómetros, para tomar el desvío hacía la 218, donde tras unos cuatro kilómetros llegamos al parking habilitado para visitar la península de Dyrhólaey.

Ésta, tiene tan sólo 120 metros de largo, formada principalmente por un arco de piedra natural adentrado en el mar, y unos acantilados prácticamente verticales, llenos de vida animal, ya que son refugio de algunas especies de ave. De todas ellas, como todo el mundo, ansiábamos ver una en concreto: el Fratercula Arctica o comúnmente llamado Frailecillo (o “puffin” en inglés) y… ¡Sí! Lo conseguimos, pudimos ver varios entrando y saliendo de los distintos nidos que han creado dentro de los acantilados; fuimos pacientes y al cabo de un rato uno quedó posado encima del acantilado, a tan solo dos metros de delante nuestro.

Nuestra visita duró una hora aproximadamente, pero dependiendo de las ganas o necesidades que tengáis por ver o fotografiar ésta ave, dicho tiempo puede incrementarse.

Retomamos la carretera principal dirección Vík, y a tan solo cuatro kilómetros nos encontramos con el desvío hacia la carretera 215, donde visitamos uno de los atractivos más famosos y concurridos del país, tras su aparición en la aclamada serie Juego de tronos. Estamos hablando de Reynisfjara Beach, una larga playa de arena negra, que alberga las formaciones rocosas de basalto de Reynisdrangar, que llegan hasta una altura de 43 metros y la impactante cueva de Hálsanefshellir. Os costará hacer una foto sin que no salga alguna persona, pero aun así, vale la pena visitarlo.

Tras unos cincuenta kilómetros por la carretera principal, en dirección Höfn (este), al lado izquierdo de la carretera, nos encontramos un lugar lleno de columnas de piedras, amontonadas unas encima de otras. Sin leer el cartel que anunciaba el parking de esta atracción turística, supimos que estamos viendo el campo de lava de Laufskálavarða. Aunque el lugar tiene su propia historia, es más conocido por las columnas de piedras que se han ido construyendo en este campo. ¿Por qué esas columnas? La historia nos narra que los primeros viajeros, que cruzaron el desierto de Myrdalssandur, decidieron amontonar piedras creando estas columnas, ya que según ellos, les traería suerte durante el resto de su viaje. ¿Puede ser? Nosotros no hicimos una columna y no sufrimos ningún percance… Sin embargo, si eres supersticioso no dudes en amontonar algunas piedras y crear la columna. ¡Ojo! Si no las tenéis, no las cojáis de otras columnas ya creadas, leed este post e id preparados para la ocasión, ya que piedras por la zona, escasean.

Eldhraun, “desierto de lava” en islandés, está situado justo al lado de la carretera principal a unos diez kilómetros al este del punto anterior. Éste, se creó tras la erupción del volcán Laki en 1783 y sería uno más de los varios campos de este tipo que existen en Islandia, si no fuese porque encima de él, se ha formado una gruesa capa de musgo verde. La combinación de color negro y verde nos ofreció uno de los paisajes más singulares y bellos que puedas ver en el país. 

El siguiente punto del día es, sin duda, una de las grandes sorpresas del viaje. En un principio no lo teníamos apuntado en la ruta, pero tras ver alguna imagen por Instagram, no dudamos en incluirlo en nuestro viaje.

Estamos hablando, ni más ni menos, del cañón Fjaðrárgljúfur, un estrecho congosto de apenas dos kilómetros de largo por donde pasa el río Fjaðrá, y que fue creado de forma natural debido a la erosión del agua proveniente de los glaciares y que se abría paso hacia el océano. Para llegar a dicho lugar tenéis que tomar un desvío hacia la izquierda (está señalizado) y apenas dos kilómetros después, como en casi todas las atracciones del país, encontraréis el parking habilitado con servicios públicos gratuitos.

 

Tras parar a almorzar, retomamos la marcha por la carretera principal con destino a la población de Skaftárhreppur, una vez allí, en la primera rotonda del pueblo, cogimos el desvío hacia la carretera 203 y en aproximadamente quinientos metros, nos encontramos un pequeño parking, para visitar el área de Kirkjugólf, una pequeña llanura de hierba verde donde se halla un pequeño campo de columnas basálticas soterradas y erosionadas por el viento, donde tan sólo son visibles sus cabezas. Tras verlo, rápidamente hicimos la comparación con el suelo adoquinado de alguna de las iglesias que tenemos en nuestro país. Y… ¡no íbamos tan mal encaminados!, ya que Kirkjugólf, significa “suelo de iglésia” en el idioma local. Hay columnas de todo tipo, desde pentagonales hasta alguna decagonal, y aunque parezca que haya sido producto del hombre, es una área totalmente natural.

Una vez visitado seguimos nuestro camino, retomando la carretera 1 dirección este, donde tras unos quince kilómetros, alcanzamos nuestro punto final de la ruta de hoy, la formación rocosa de Dverghamrar: Ésta, es formada en su totalidad de columnas basálticas, sin lugar a dudas una de las rocas más singulares del país.

De camino al camping donde pernoctamos, pudimos apreciar el cambio más radical de paisaje que nos hemos encontrado durante todo el viaje: pasamos de ver campos de hierba verde y húmedos, a visualizar en el lado derecho de la carretera un auténtico desierto negro, sin dudarlo es uno de los paisajes más raros que hayamos visto jamás, nos impactó muchísimo, ya que además de ser inhóspito es totalmente llano, y durante un tramo de unos cuarenta y cinco minutos, la vista no comprende nada más que desierto, y a la lejanía unas montañas nevadas, las cuales se van acercando en la misma medida que vamos dejando el desierto atrás.

A media tarde, tras todo el día de ruta, llegamos al Parque Nacional de Skaftafell, donde decidimos pasar la noche en el camping que hay justo a la entrada del parque, ya que allí se iniciaba nuestro cuarto día de viaje.

Pagamos 1.500 ISK (11,44€) por persona, con ducha caliente y tasa del aparcamiento incluido. Las instalaciones eran muy modernas con duchas nuevas, y contaba con una zona con lavadoras y secadoras.

Esa noche, tampoco tuvimos la suerte de ver las famosas auroras, ya que el cielo estaba nublado y llovía a cántaros. Así pues, después de cenar, nos fuimos a dormir con algo de nervios al cuerpo, ya que el próximo episodio de nuestra ruta (Día 4: Svínafellsjökull, playa de los diamantes y Jökulsárlón), según nuestro criterio, ser el día más espectacular de todo el viaje.

Si os sobra tiempo o queréis completar vuestra ruta, también os recomendamos los siguientes lugares:

Hjörleifshöfði Cave: una cueva a pie de playa con una cavidad singular.

Núpsstaður: casas de hierba de la edad media, que son típicas del país. Aunque durante el camino iremos viendo más casas de este tipo, no está de más visitarlas.

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